Nos cuesta aprender la lección, muchas
veces. La profesora o el profesor en el
colegio intenta con muchas y variadas maneras de enseñar la materia académica a
sus estudiantes, y los métodos que a veces, supongo, mejor funcionan para
lograr el propósito son los que exigen la participación física del estudiante
en el desarrollo de la lección. Por eso,
se ve de vez en cuando un grupo llevado por su maestro a visitar un museo o una
fábrica, para que por la vista, por el oído, por todos los sentidos se asocie una
vivencia con la información intelectual, y puede retenerse en la memoria por un
largo tiempo.
El Jesús que sufrió y murió en la Cruz, aparece vivo ante sus discípulos, después de su Resurrección, e imparte tres lecciones—no solamente por sus palabras, como si estuvieran en una sala de clase, sino por la visita en terreno, lo que permite que las tres lecciones entren por los sentidos, en una vivencia inolvidable.
Primera lección: Tienen un oficio que ejercer. El oficio de un seguidor de Jesucristo consiste en pescar a los seres humanos, e invitarlos a entrar en la gran comunidad del Reino de Dios, cuales peces de todos los tipos, de todas las naciones (153 se creía en el tiempo de Jesús—por eso el evangelista hace mención del número). El trabajo de los discípulos es mantener la unidad de esta gran red, y trabajar juntos, como un equipo, al llevar esta comunidad del Pueblo de Dios a su destino, a la unidad con su Creador. Este trabajo está por comenzar, ahora que Jesus ha vencido a la muerte y ha liberado una Vida Nueva para todos los creyentes.
Los discípulos captaron la lección inmediatamente,
y reconocen a su profesor, acercándose
donde él.
Segunda lección: Ven a comer. Jesús nutre a sus discípulos, porque este oficio es difícil, y requiere un sacrificio personal inmenso. Jesús les da una comida, para entregar a sus seguidores la fuerza y la alegría que se necesitan para llevar a cabo la tarea de pescar a todos los seres humanos.
Tercera lección: Pedro, ¿me amas? Jesús perdona a sus discípulos, permitiéndoles expresar nuevamente su amor a Él, incluso tres veces—el mismo número de veces que Pedro traicionó a Jesús. Él les perdona, lo que les alienta a dejar para atrás las equivocaciones cometidas en la vida de uno. Dejando la vida anterior atrás, Pedro y los demás discípulos pueden alimentar a sus ovejas, y mostrarles a ellas también, las sendas de la Vida Nueva, que les llevan a nutrirse con la fuerza y la alegría de Jesús.
¿Acaso no hace lo mismo con nosotros el Señor Resucitado? Nos recuerda de nuestro oficio, de extender hacia todo el mundo la red de nuestra comunidad. Nos nutre con su Cuerpo y su Sangre en la Eucaristía. Nos perdona los pecados, liberándonos para atraer a otros a la comida que satisface todo el hambre de los seres humanos.
El Señor, vivo y presente, nunca nos abandona a una vida a medias, a una existencia de pura sobrevivencia, y nada más. No nos enseña lecciones sobre cómo soportar las injusticias en el mundo, cómo no pensar en el otro, y olvidarnos del sufrimiento ajeno. No nos ofrece una aspirina para nuestras penas.
¡Echa las redes! ¡Siéntate a mi lado y comer! ¡Alimenta a mis ovejas!
La vida que Cristo nos ofrece nos lleva a una manera nueva de vivir, siguiendo en las huellas de los primeros discípulos, que nos acercan a comer una comida especial con El—en este momento, a celebrar la fiesta de la Eucaristía con Él. Para aprender las lecciones de este encuentro, nos enseña no solamente por la información intelectual, sino por la vivencia de una radical cercanía a su presencia constante, consoladora e iluminadora.